Piensa el MRP como la pintura románica: frontalidad, jerarquías simbólicas, espacio “excéntrico” donde el espectador no está convocado a ocupar un punto de vista único, sino a contemplar signos. El MRI, en cambio, funciona como la perspectiva lineal y aérea del Renacimiento (Brunelleschi, Piero della Francesca): un espacio homogéneo y continuo que se organiza desde la mirada. El découpage y la continuidad (eje, raccord, plano/contraplano) construyen un “punto de vista” estable; el montaje convierte el desplazamiento del espectador en un “viaje inmóvil”: la cámara se mueve, el sujeto permanece centrado y, sin embargo, es ubicuo.
Como la perspectiva renacentista “interna” al sujeto el mundo (todo converge hacia su ojo), el MRI inteoriza al espectador: lo sitúa dentro del espacio fílmico, garantiza legibilidad causal y temporal, y naturaliza una posición de sujeto coherente con la modernidad: individuo autónomo, experiencia privada, confianza en la razón y en la organización geométrica del mundo. De ahí que el clásico no solo cuente historias: educa una mirada moderna. Y, por contraste, entenderemos luego al MRM como la puesta en crisis de ese centro: múltiples “puntos de fuga”, huecos, tiempos muertos y una enunciación que ya no protege—sino que expone—al sujeto que mira.
La narrativización del cine y su relación con la novela decimonónica
El filme y la tradición narrativa. Espacio, tiempo y prosa victorianas
© Luis Navarrete 2026