A mediados de los años noventa se percibe un cambio significativo en el cine español.
El modelo de prestigio que había dominado buena parte de la década anterior, apoyado
en la adaptación literaria, la reconstrucción histórica y una determinada legitimidad cultural,
pierde centralidad ante la irrupción de una generación que ha crecido en un ecosistema
audiovisual muy diferente.
Esta nueva sensibilidad no parte necesariamente de la literatura española, de la memoria
nacional o de la voluntad de representar de manera directa una realidad reconocible.
Sus referentes proceden con frecuencia del thriller estadounidense, el cine fantástico,
el terror, el cómic, la televisión, el videoclip, la publicidad y la cultura popular.
La postmodernidad no constituye una simple moda estética. Designa una transformación
de los materiales culturales desde los que se construyen las películas. La imagen
cinematográfica deja de mirar únicamente hacia el mundo exterior y comienza a dialogar
de forma explícita con otras imágenes.
Idea clave. La pregunta ya no es solo cómo representar España, sino
qué ocurre cuando España se convierte en escenario de imaginarios audiovisuales globales.